La presencia en la ausencia

By agosto 2, 2017Cine

Como si de una memoria invisible se tratara, los minutos pasan trayendo consigo recuerdos y emociones indelebles al espectador, que rebotan indiscriminadamente de la pantalla, convertida en espejo. Las sospechas se confirman pronto y los ángeles de la película asumen su rol con naturalidad: son el espectador. Tratar de escapar a la cárcel de cristal de la observación distante: “Mirar desde arriba no es mirar. Hay que mirar a la altura de otros ojos” se convierte en el secreto compartido y silencioso. Pero para llegar a disfrutar la transición de la vuelta al color, el regreso a la mirada infantil que todo lo ensancha y comprende sin necesitar verlo hace falta haber sido ángel y haber adivinado cómo cauterizar las alas para convertirlas en acciones: “Destino vs. Decisiones”, como plantea un diálogo final.

El oxímoron “multitudinaria soledad” nos acompaña como lo hizo en la gran ciudad, donde los infinitos mosaicos tallados de rostros humanos que componen el todo susurran sus interioridades, sus vidas. El ángel diverge la mirada hasta derretirla en el desenfoque omnidireccional, una forma de trascender al dolor, de extender el sueño del niño confundiéndose con el todo. El todo tiene que ver con la decadencia de la posguerra, la gelidez y la monotonía mecánica del subsuelo, pero permanece en segundo plano, tras el desenfoque.

La vuelta a la vida de El cielo sobre Berlín (Wim Wenders, 1987) supone un alivio clandestino, de aquel que cree renunciar a un estadío superior de conciencia pero que, en el fondo, recupera el cosquilleo en la pierna dormida, la concentración en las historias mínimas, en la parte por el todo, en la pregunta sin respuesta, en el: “¿dónde es aquí?”, que nada importa porque lo que cuenta es que jugamos a jugar con el matiz como telón y el amor por escenario.

La vida tiene que doler. Y nosotros, aceptar su ironía y atrevernos a narrarla. “Cuando el niño era niño se preguntaba: ¿Por qué yo soy yo y no tú?, ¿por qué estoy aquí y no allí?”, dice el narrador. Está claro, no queda otra. Toca filmar nuestra versión: vivir.